jueves, setiembre 02, 2010

Educación y apreciación

Mi buen amigo Eliseo Cardona se pregunta y, se responde a sí mismo.
¿Crees que esa cultura de hacerse de una educación por cuenta propia se ha perdido?
E.C. – No lo sé. Sin embargo, nadie puede convencerme de que hoy se lee más y mejor. Lo mismo ocurre con la música. Para mi abuela, la música debía ser parte de una educación rigurosa, parte de un viaje hacia el conocimiento intelectual. Y para obtener esa educación había que conocer la música, aunque fuese de manera rudimentaria. Los grandes pianistas del jazz crecieron en hogares de mucha pobreza económica, pero casi todos recibieron lecciones primarias en esos hogares. O en las iglesias. En la Viena de Mozart, la chusma sabía distinguir un acorde de otro. Hoy los coleccionistas de discos, que sin duda han escuchado mucho, saben muy poco de lo que suena en esos discos. Algunos amigos que conozco, que van por la vida haciéndose llamar divulgadores (con más de un millón de emails enviados), son capaces de dar datos pero son incapaces de enlazar esos datos y de profundizar en la historia, en el impacto de unas obras.
E.C. – ¿A qué te refieres?
E.C. – La industrialización de la música galvanizó a los oyentes. Es cierto, se escucha mucha música, pero hay una profunda división entre creadores y oyentes.
Esos oyentes, con sus excepciones, aprecian la música como un entretenimiento. Al no contar con un mínimo de aprecio, para no hablar de un sentido de la crítica, se le mete fácilmente gato por liebre. Se impone en los oyentes de hoy un insoportable relativismo. Madonna no es mala sino diferente. Cuando Charlie Parker decía que ciertas bandas de rock eran populares aunque lo que tocaran no pasara de dos acordes, no se lamentaba sino más bien se resignaba.
E.C. – ¿Antes no había "relativismos"?
E.C. – Creo que siempre los hubo. Pero antes, creo también, había una mayor conciencia de que el arte debía ser apreciado en una escala de valores, en una poderosa jerarquía. Hoy la música ha perdido su impacto cultural al ser reemplazada por una cultura pop. Que en esencia es una cultura de la novedad. La dictura de la moda pasajera, al decir de Stanley Crouch. La mejor prensa no recuerda el legado de Duke Ellington, una de las grandes cimas de la música mundial, sino que se afana por informar sobre el último pedo de Steve Jobs. Hoy hasta los críticos son letristas.

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