miércoles, setiembre 23, 2009

Con el corazón en la música

Tal vez se trate de una noción romántica en tiempos del pos-posmodernismo (whatever the fuck that means). Pero la buena música debe venderse sola. Su principal motor lo pone a funcionar ese poderoso mecanismo que conocemos como radio bemba. Después intervienen la pasión, el celo, la lealtad, la dedicación, acaso la locura. No hay mejor promotor que un fan. No hay mayor publicista. Fundamentalmente porque un fan es un creyente, alguien que se parte el alma por aquello que lo seduce. Somos leales a las músicas que nos permiten un poco de felicidad. Un amigo peruano que trabaja en un hotel por un salario de hambre pasó varios meses ahorrándose el dinero de los almuerzos para poder alquilar una camioneta y comprarse un boleto que le permitiría ver, en primera fila en un concierto en Tampa, a la banda británica Deep Purple. El día que lo vi partir con su familia y la tropa de amigos desde North Miami Beach, me dije que el hombre estaba loco de atar. Jamás olvidaré lo que me dijo: "Es como ir a ver al Papa, pero en el infierno". ¿Quién era yo para ponerlo en duda?Es cierto que un publicista contribuye a poner la bola en marcha. Su tarea, en esencia, debería ser despejar el camino para que el público pueda ver mejor. Y sin duda para que pueda escuchar mejor. Pero la publicidad, en esencia, distorsiona. Y es que los publicistas no quieren vender defectos sino el cuento de las mil y una perfecciones. Todas magnificadas, desde luego. En el paraíso de la publicidad, Adán y Eva no comen del fruto prohibido sino que salen de compras a un mall para que los pueda retratar un paparazzo de la revista "TV y Novelas". En ocasiones los músicos contribuyen a la distorsión. Algunos hablan de su música —aun de aquellas cosas que escriben— como quien lee un manual para armar una tostadora rusa. Si ellos tratan a su propia obra con torpeza, ¿qué pueden esperar de sus oyentes? Otro asunto es crear música y nada más que música. Una imagen vale más que mil palabras. Pero la buena música no tiene precio. Y cuando lo tiene, el fan lo paga aunque tenga que pasar hambre. Seguramente por eso los coleccionistas forman una de las últimas castas sacerdotales. En este sentido, aun cuando la publicidad se imponga por su inteligencia, siempre será una imposición. Nadie tiene por qué tatuarse el culo con su marca de condones favoritos. Una agencia de publicidad podrá pagar por esa y otras tonterías. Pero al final quedará como otra prueba de que la estupidez humana no tiene límites. Tampoco la creatividad. Cuestión de elección.
Eliseo Cardona
Miami Beach / Florida

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